Jul 20 2010
Jeremy de Pearl Jam
Hay dos canciones en el repertorio del rock, hipnóticas, intensas, que son como dos desgarradores misiles contra lo que, a juicio de los rockeros, representa el sistema educativo. Me refiero a The wall -de la que ya nos hemos ocupado en otra página- y a Jeremy, de Pearl Jam. La alegoría de The wall es explícita: la escuela nos quiere convertir en ladrillos idénticos, sin personalidad, en un muro de contención. La sociedad nos quiere zombies, anestesiados y con todo nuestro potencial creativo estrangulado. Para Pink Floyd la escuela es la encargada de hacer el trabajo sucio.
El rock nace con una carga antiautoritaria y provocadora que es el secreto de su éxito. Como dice Homer Simpson, a los rockeros se les permiten comportamientos por los que los demás iríamos a la cárcel. Parte de su trabajo es la denuncia, el grito desgarrado, la censura al poder, la retórica antisistema. Los rockeros están congelados en el frame de la adolescencia, alabando el deseo de “matar al padre” de los jóvenes, edad en la que pintaron su retrato de Dorian Gray generacional y que les permite seguir matándolo, una y otra vez, aunque ellos acumulen hijos, canas y arrugas.
Los rockeros consiguen esa catarsis, una corriente de electricidad emocional que parece que va a cambiar las órbitas y renovar las almas, con una autoridad y un magisterio conseguido misteriosamente de algún núcleo de energía primitivo. Igual que a mis alumnos, a mi también me fascina. Lamentablemente, yo soy el profesor castrador, el padre insensible, el representante directo de ese universo de tiranía social que los rockeros azuzan con cierta frecuencia, al menos desde mayo del 68.
Por eso, Jeremy, la canción que narra el suicidio de un adolescente en frente de la clase me provoca una reacción muy intensa. En realidad las dos canciones -The wall y Jeremy- se han convertido en himnos generacionales, más por su ropaje audiovisual que por la canción en sí. ¿Hubieran tenido la misma repercusión sin la espectacular ópera rock o el videoclip? La fuerza de las imágenes de Jeremy fue tal que el grupo liderado por Eddie Vedder renunció a grabar videoclips durante muchos años. El video fue premiado, criticado y prácticamente prohibido tras la masacre de Columbine. Siempre nos movemos sobre el resbaladizo tema de si los medios de comunicación pueden tener alguna influencia en el incremento de la violencia. A estas alturas he leído artículos, estudios y opiniones para todos los gustos. El vídeo me apasiona e inquieta a partes iguales. Culpa a padres, profesores y compañeros del suicidio, que es retratado como un gesto de épico de venganza. ¿Contra quién? El cantante y compositor parecía disculparse de esta impresión afirmando que la mejor venganza hubiera sido continuar plantando cara a todos, en lugar de vengarse quitándose la vida.
Jeremy me turba. Como si fuera un ataque personal contra mi. Como padre. Como profesor. Como si intuyese en alguna parte de mi fibra emocional que un rockero no tiene la autoridad moral para erigirse en juez de una generación y dictar sentencia con esta extraordinaria canción.

Entre las chichas, la popularidad está relacionada con cierta promiscuidad. Una alumna de Rebelión en las aulas II, censura a otra su exhibicionismo diciendo que “



Los jóvenes son grandes consumidores de productos que podrían considerarse antitéticos. Son capaces de consumir productos consumistas y otros que denuncian el consumo. Pueden ver una serie que reproduce estereotipos familiares y otra que los censura. Consumir la MTV o asistir a la condena de la MTV



Profesores cargando sus pizarras en busca de alumnos en el Irán de Blackboards. Está película contiene un diálogo muy expresivo entre uno de los profesores, nómadas que cargan con su pizarra buscando alumnos a cambio de comida o alojamiento, y un joven-mula que vive del contrabando en la frontera.
Las ONGs, o las secciones sociales de las cajas de ahorros, cuentan entre su repertorio publicitario con anuncios que inciden en ese concepto. “La educación contra la pobreza”, “la educación como garantía de justicia social”, “educación contra la explotación laboral”, etc. El colegio, que en occidente no es un refugio ni una garantía de justicia social, sí lo es cuando hablamos de inmigrantes. Occidente “vende” esta idea recién llegado, pero no es la misma cuando el target son los propios alumnos occidentales. Los niños y jóvenes adolescentes en nuestra cultura no tienen la misma visión redentora de la educación, ni los publicistas desarrollan las mismas estrategias de captación de clientes cuando se dirigen a unos y otros.















La campaña publicitaria de la FAD (Fundación de Ayuda contra la Drogadicción) de Enero de 2003, “Todos somos responsables“, programaba en las televisiones una cuña en la que un sacerdote que oficiaba un bautizo llamaba a los responsables de la educación.








La hormiga laboriosa es cosa del pasado. Ahora, la cigarra reina. 