“En Estados Unidos se admira y premia a los médicos, a los abogados, a los generales, a los actores, a la gente de televisión y a los políticos. No a los profesores. La enseñanza es la fregona de las profesiones”.[1]
El profesor Holland, John Keating, la profesora Watson, Mr Chips, la mayor parte de los protagonistas de las películas sobre la docencia, disfrutan de una emotiva secuencia en la que los alumnos rinden un sentido homenaje al profesor. Generalmente después de que el sistema haya dictado sentencia contra los métodos de enseñanza innovadores del profesor. En ese momento los alumnos se levantan de las sillas, se suben a las mesas, corren detrás del profesor, le cantan, etc. ¿Por qué esta necesidad de reconocimiento?

Machuca
David Rabada redacta, en ¿Educar? Educamos todos, trece mandamientos. El primero insta a reconocer al profesor su magisterio: “Si todavía existe alguno de sus profesores en activo que admiró, vaya y dígaselo, alimentará de pilas sus clases y otros alumnos recibirán ese empuje. Si está retirado vaya igualmente.”. La docencia es una profesión en la que el fruto del trabajo se deposita en otras personas. Es un producto difícilmente mensurable. Mientras la mayor parte de la gente construye productos como casas, objetos, libros, puentes, que se pueden valorar con comodidad, el profesor no puede adjudicarse los valores, los conocimientos o las capacidades de sus alumnos como si fueran obra suya. La docencia “no tiene el prestigio de otras profesiones. Quizá ello se deba a la falta de tradición histórica; pero también se implican otras cuestiones derivadas de la peculiariedad de la profesión docente, y que podrían sintetizarse en la falta de resultados inmediatos que conlleva la tarea de enseñar”[2].Como dice Altarejos, la profesión no genera resultados inmediatos. Ni siquiera resultados visibles. Por eso, el reconocimiento supone para el profesor sacar del limbo de la abstracción todo el ejercicio de su trabajo.
En el reconocimiento social el trabajo del profesor se materializa. Elcine ha sabido reflejar esa necesidad del profesor de “justificar” su vida en el reconocimiento de la mirada de los demás.

El club de los poetas muertos. Los alumnos se suben a las mesas.
El reconocimiento que los alumnos le tributan al profesor Uchida en Madadayo le eleva casi a la santidad. Los alumnos deciden festejar al profesor cada año con una ceremonia Mahda-kai, en la que le preguntan si está listo para morir. Y él responde “Aún, no (Madadayo)”. La última ceremonia Mahdakai, la que previsiblemente antecede a su muerte, es todo un testamento generacional del profesor Uchida y del propio Kurosawa. Las hijas y las nietas de sus alumnos, presentes en una celebración que hasta ese momento era exclusivamente masculina, le agasajan con regalos y dulces en una ceremonia de reconocimiento intergeneracional. En esta última fiesta Mahdakai el mensaje del director se hace explícito:

-Buscad algo en la vida que seáis capaces de valorar, y cuando lo encontréis, trabajad y esforzaros por ello. Poned vuestras almas, porque ese será vuestro gran tesoro particular- declama el envejecido catedrático a las nietas de sus discípulos.
La lengua de las mariposas acaba con un terrible plano-contraplano de Don Gregorio camino del cadalso por su adhesión a la República y de Nacho arrojándole piedras, sometido a la barbarie que el profesor intentó combatir toda su vida. Infructuosamente. Es la constatación del fracaso más absoluto. La vida del profesor queda borrada al comprobar que su obra ha quedado inutilizada.

[1] Frank Mcourt, El profesor
[2] Francisco Altarejos, Ética docente