Archivo de Agosto, 2008

Ago 29 2008

Pantallas y violencia

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Hay una cuestión que se reproduce una y otra vez en los debates sobre los medios de comunicación y la educación. Nos tomamos la licencia de reproducir una larga cita de Joserra Gartzia en Kurrin-Kurrun vitae, su ensayo-biografía con la educación como telón de fondo:

Goku eta Txin txan

Modan dago telebistak haurrengan duen -edo ez duen- eraginari buruzko eztabaida. Sexua eta bortizkeria dira gairik aztertuenak. Denetariko iritziak entzuten dira: telebistaren eragina erabatekoa eta kalterako dela diote batzuk, hutsaren hurrengoa dela beste batzuek. Gurean, Amatiño da telebistaren eragina uste dugun baino txikiagoa dela defenditzen nabarmendu direnetako bat.

Ni ez naiz horretan (ere) aditua, baina uste dut erabiltzen diren argudio batzuk amarruzkoak direla. Sexu eta bortxa irudiak jasotzen dituzten haurrak gerora bortxatzaile edo hiltzaile bihurtzen diren ikustea balitz telebistaren eragina neurtzeko modu bakarra, orduan arrazoia eman beharko nioke Amatiñori. Baina nago telebistaren eragina hori baino zabalagoa ote den. Zabalagoa, ikusgaitzagoa eta, ondorioz, neurtzen zailagoa.

Eragin egiaztarren gainetik, telebistak ereduak ezartzen ditu: maitasuna, ospea, zoriona ulertzeko eta bizitzeko eredu jakin batzuk. Eta eredu horiek alde bakarrekoak dira, eta, beraz, okerrak. Sexuari dagokionez, zuzenak balira ere okerrak lirateke telebistaren ereduak, sasoia baino lehen ematen zaizkiolako gaztetxoari. Sasoia baino lehen, alegia, grina eta grinari darizion galderak sortu baino lehen ematen zaizkiolako erantzunak eta ereduak. Hor daude, esaterako, garai bateko Drago Bola eta oraingo Txin-Txan.

Galderetan itota bizi izan genuen guk nerabezaroa, eta hori ez da noski ona. Baina galderatan ez ezik erantzunetan ere ito liteke gaztetxoa, baldin eta erantzun horiek galderak sortu baino lehen ematen bazaizkio. Are gehiago erantzun okerrak baldin badira: alde bakarrekoak, topikoak, denentzat berdinak.

En sentido, nos llamó la atención una entrevista a un profesor anónimo que trabajaba en la sede de “Sega” en Londres en el desarrollo de un videojuego para niñas que contenía escenas de violencia. El joven profesor pensaba que el videojuego que estaba ayudando a desarrollar podía influir negativamente en el comportamiento de los menores. Pese a todo, no renunciaba a la experiencia.

-La niña tiene que luchar… ¿No es un poco violento?

-Sí, pero la mayoría de los videojuegos que están en el mercado son violentos porque es lo que más vende.

-¿Y cómo se siente un futuro maestro trabajando para un juego violento para niños?

-(Se ríe…) Pues supongo que cuando dé clases y mis alumnos sean violentos me sentiré con parte de culpa. Pero desde mi posición no puedo hacer nada por cambiarlo.

¿Cree que realmente la violencia de los videojuegos influye en el comportamiento de los menores?

-Yo creo que sí. [2]

Eduardo Punset no relaciona directamente la influencia a la televisión con la violencia. “Al acabar el instituto, cada chico habrá pasado unas 20.000 horas viendo la televisión, frente a las 14.000 consumidas en aprendizaje en clase”. El divulgador científico reniega de la monocausalidad. No hay una sóla causa. “Hay muchos otros factores”. La familia, la predisposición psicológica de cada cual, la inserción en un entorno que legitime la violencia, etc. “El mono agresivo que todos llevamos dentro se crece en entornos familiares despóticos, con el ejercicio abyecto del poder, la primacía de las convicciones sectarias y grupales, la ausencia lacerante de competencia social y emocional de los sistemas educativos”[3].

Nosotros somos de la opinión de que ver violencia no causa automáticamente violencia, pero la aceptación social de esa violencia, la omnipresencia no criticada de esa violencia, puede generar una sensación relativismo moral, y de incoherencia social, en la que la violencia se vive como una opción más. Una opción que no está sancionada totalmente por la comunidad, sino que es distribuida, comercializada y vendida por adultos. Un punto ciego de la ética social. Un lucrativo negocio hecho por adultos que para el menor será incoherente con los mensajes morales de otros adultos y le permitirá un margen de acción moral enorme. La película Plan oculto del director afroamericano Spike Lee contiene una secuencia en la que un atracador censura al niño el uso incontrolado de videojuegos agresivos. El atracador se convierte, incomprensiblemente, en el defensor de la moral.

-¿De qué va este juego?

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-Te llevas puntos por los trapicheos, como robar coches o vender crack y pierdes puntos si te levantan el buga o te pegan un tiro.

-¡Por Dios! ¿Y qué aprendes con esto?

-Mi colega Tiff dice “o te forras o la palmas”. Te dan mogollón de puntos por robar un banco.

-Eso te parece guay.

-Eh, tío, tú también estas dando un palo.

-Acábatela pizza y te llevo con tu padre, voy a hablarle de este juego.

La viñeta ilustra otra inquietante conclusión de Quino. La violencia no es una característica exclusiva de nuestra época y de nuestra cultura. Las doctrinas bíblicas, las pinturas mitológicas o los mismos cuentos infantiles, nunca han carecido de dosis notables de violencia. Por eso, el ángel de la guarda que debería liberar al niño de la violencia televisiva le introduce en la violencia ejemplari- zante de las escrituras.

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 [1]Joxerra Garzia, Kurrin-kurrun vitae. Maisu baten ikarak eta ostikadak, Alberdania 2004.

[2] Periódico Hoy, Lunes 20 de Agosto del 2007.

[3] El semanal, 15 de Julio de 2007, “¿Por qué la juventud es violenta?”

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Ago 28 2008

La televisión

La televisión no tiene buena prensa. Ni siquiera la televisión refleja una buena imagen de la televisión. Es frecuente que la idea que se transmite de ella este asociada con inanidad, apatía, soledad o con la idea de una sociedad anestesiada y teledirigida.

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En Charlie y la fábrica de chocolate cada uno de los niños encarna un vicio de carácter provocado por la desidia o estupidez de los padres. En la novela original de Roald Dahl, de 1964, Mike Teve malgasta las horas viendo películas de vaqueros. La adaptación cinematográfica de Tim Burton se ha adecuado a los nuevos tiempos y, en esta ocasión, malgasta su tiempo en videojuegos, mientras su indolente familia no ejerce ningún control sobre su hijo.

“La mayoría de las veces no se de qué esta hablando, los niños hoy en día, con tanta tecnología dejan de ser niños muy rápido”.

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La profesora Nancy Abbey, de La sonrisa de Mona Lisa, es caracterizada como una impenitente espectadora de televisión para activar el estereotipo de una vida malgastada y un temperamento débil.

Los profesores y pedagogos también recelan de un medio que se ha convertido en un vehículo de socialización sobre el que no tienen ningún control.

La Academia Estadounidense de Pediatría lo desaconseja para niños menores de dos años, y el grupo recomienda no más de una o dos horas al día de programación de calidad en la televisión o el ordenador para niños mayores.[1]

Sabemos cómo funcionan muchos productores de TV: a bastantes de ellos no les interesa la vida, sino recrearla y dictar normas sociales, según las tendencias. Los productores manejan estudios de mercado e índices de audiencia para contar historias que vendan publicidad de sus espacios. Así de claro. Las grandes productoras de televisión españolas (Globomedia y Zeppelín, por citar las dos más importantes) tienden a mostrar una realidad falsa, y crean modas y arquetipos que no existen. Es su trabajo” [2]

Puede que el consejo más rotundo sea el de Vitorino Andreoli, el psiquiatra autor de Carta a la familia de un adolescente, desde donde afirma con rotundidad:

Un instrumento que vende a los telespectadores a las industrias que publicitan sus productos (…) Que cada familia organice un crimen y mate al veintidós pulgadas. Que no lo regale, por favor, llevaría la muerte a una nueva familia. Oscureced todas las antenas, también las parabólicas: no os llevan dentro del mundo, sino fuera del mundo de la familia, que es el lugar de los sentimientos”.

Giovanni Sartori es también especialmente crítico con la televisión. La incapacidad del niño para discriminar le convierte, a su juicio, en víctima del flujo televisivo:

“Por encima de todo, la verdad es que la televisión es la primera escuela del niño (la escuela divertida que precede a la escuela aburrida); y el niños es un animal simbólico que recibe su imprint, su impronta educacional, en imágenes de un mundo centrado en el hecho de ver. En esta paideía, la predisposición a la violencia es, decía, sólo un detalle del problema. El problema es que el niño es una esponja que registra y absorbe indiscriminadamente todo lo que ve”.[3]

los teletubbies.jpgEl pensador italiano advierte del peligro de convertir a la nueva generación en “video-niños”. El controvertido contenedor de programas infantiles emitido por la BBC, los teletubbies son la encarnación física de sus temores. Provistos de una televisión en sus barrigas, estas mascotas infantilizadas, emiten cuando están felices, identificando el flujo televisivo con una suerte de sensualidad que levantó ampollas en el Reino Unido y, más recientemente, aunque por otras razones, en Polonia.


[1] ELPAÍS 16/12/2007

[2] Sanchez Garrido, Juan Antonio y Vicente Calvo Fernández, Con ojos de adolescente, Ellos nos cuentan cómo son, qué sienten, Sekotia, Madrid, 2004.

[3] Sartori, Giovanni, Homo videns, la sociedad teledirigida.

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Ago 08 2008

Cómics, el estigma de la incultura.

Si los libros están identificados con una cultura de elite y, por tanto, sospechosa, los cómics se caracterizan por lo contrario. Leer es síntoma de incultura. Aunque no sólo de eso. El lector de cómics es un individuo escapista, inadaptado, inmaduro. El alumno bien parecido y popular de las series americanas no necesita el cómic, el rol o el ordenador para tener una vida plena. Es el inadaptado el que debe recurrir al universo de la ficción para adolescentes dónde liberarse gracias a fábulas escapistas.

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Así, mientras en el mundo de los “populares” priman las diversiones relacionadas con los rituales de madurez (sexo, alcohol, etc), en el mundo de los frikis se amontonan las narrativas escapistas entre las que el cómic tiene un papel predominante.

 

Lo que sucede a continuación es algo muy común en el cine para adolescentes, la ficción se convierte en realidad y los papeles se invierten: el friki escapista deviene en héroe y el héroe atlético se convierte en personaje secundario y prescindible. Esto es lo que sucede en la serie Héroes. El personaje de Hiro Nakamura, que sabe leer el futuro en los cómics dibujados por Isaac Méndez, deja de ser un patito feo y se convierte en samurai legendario.

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Ago 07 2008

Libros, el estigma de la cultura

baldomero.jpgLa lectura de libros obligatorios aparece como el mejor sistema para desincentivar la lectura en general. La viñeta de “Para ti que eres joven” expresa con claridad el alejamiento de los alumnos del universo académico obligatorio. Esta opinión tiene cada vez más partidarios. Santiago Eraso escribía en una columna que “los alumnos se ven obligados a leer El lazarillo de Tormes, La Celestina o El Conde de Lucanor”, lo cual “supone, en la mayoría de los casos, una auténtico suplicio que va en detrimento de un verdadero fomento de la lectura”[1]. De la misma opinión que Vicente Verdú, Santiago Eraso no acaba de entender la irrelevancia académica de la imagen en el currículo oficial. 

“¿Por qué, conociendo la importancia de la cultura audiovisual en el universo simbólico de los jóvenes, todavía hoy no se imparten en la escuela, de manera reglada, nociones de fotografía, cine y vídeo, del mismo modo que se enseña lengua y gramática?”.

 Lo cierto es que el cine ya ha construido estereotipos que se han consolidado como contracultura escolar. La ficción audiovisual es más fotogénica en movimiento, conquistando la acción, el espacio. La pasividad visual que emana de la lectura de un libro no puede concitar grandes pasiones. Es frecuente que el lector de libros no sea un personaje feliz, que su pasión por la lectura tenga contraindicaciones. Un exceso de percepción, un phatos trágico.

La película de Francis Coppola, La ley de la calle, 1983, narra la vida de dos hermanos, Rusty James, inculto, pero franco y directo, y El Chico de la Moto, gran lector, pero condenado a una inquietante y torturada vida interior y a un final infeliz. Se trata del estigma de lectura y de la cultura. Como si la lectura, y el conocimiento implícito, llevasen a un pathos insatisfecho y trágico. El protagonista de el Guardían entre el centeno, sufre de idéntica condena. Da la sensación que una inteligencia destacada permite captar las zonas oscuras de nuestra sociedad y lleva directamente a la apatía o a la autodestrucción.

La serie Los soprano se centra en un capítulo en la educación del hijo menor de la familia, que gracias a la lectura pasa un período de crisis personal y existencial que los padres no aciertan a entender. Meadow, la hija mayor les explica a sus padres los efectos colaterales de la educación.

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-¿Queréis que lea algo que no sea un Playboy? Enteraos. Le mandaron leer El extranjero. ¿Queréis que sea culto? ¿Creéis que la educación es para ganar dinero? Esto es la educación.

-¿Nunca pensáis cosas como “por qué nacemos”?

George Steiner va más allá en Elogio de la transmisión y advierte que:

“hay que prestar atención al vuelco apasionante que se observa en los Estados Unidos: quien susurra, quien balbucea, quien habla mal, ése es quien goza de la reputación de ser un hombre honrado. Lo contrario de nuestra gran tradición retórica, clásica y europea. Hablar mal viene a significar a que se trata de alguien que dice la verdad…Y, al revés, hablar demasiado bien es un síntoma claro de falta de honradez.”

 

Corroborando las palabras de Steiner, comprobamos que los héroes de cine americano tienden a ser parcos en palabras. Se oponen a la erudición del personaje hipócrita, al político que da ruedas de prensa, o al compañero intrigante y arribista. Son héroes de acción, antiacadémicos, que se expresan casi con onomatopeyas como síntoma de honradez. La posesión de cultura posee, en este tipo de cine, una caracterización negativa.

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La cultura reivindicada en el cine tiende a ser cultura para la acción. Diarios de la calle, se titula originariamente Freedom writers: escritores de la libertad. Esta basada en un hecho real. En este caso se reivindica el valor de la cultura y del libro como instrumento para la acción. Los alumnos escriben sus propios diarios y acaban editando un libro. No se trata de cultivar una cultura endogámica, académica, replegada sobre un eterno proceso formativo, sino de asomarse a la sociedad, hacerse visible, hacer agradable el proceso educativo con constantes refuerzos: conferencias, fiestas recaudatorias, premios, visitas, etc.

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[1] DIARIO VASCO, Viernes, 1 de Febrero de 2008.

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Ago 02 2008

Primacía de la imagen

“Hoy no se aprende mediante largos discursos sino por instantáneas que el cerebro se encargará de asociar. El saber -debe saberse- ha dejado de ba­sarse en un ejercicio esforzado o premioso para nutrirse de par­tículas cazadas a gran velocidad, sea en el viaje lejano o en los pa­noramas de las ciudades, las pantallas de los grandes edificios, los Xbox 360. Ser sabio equivale hoy a contar con un amplio punto de vista a partir del cual se dirime y se elige el bien sobre un pla­no, fotografiándolo”.[1]  

“Si bien la imprenta e incluso los mass media se han basado en una estructura fundamentalmente lingüística, en las tecnologías de la información y la comunicación: ya no hay un predominio de la escritura sino de lo visual y, por ello, empiezan a apreciarse cambios significativos en los modos de aprendizaje de los alumnos”.[2]  

“La diferencias es radical. La palabra es un “símbolo” que se resuelve en lo que significa, en lo que nos hace entender. Y entendemos la palabra sólo si podemos, es decir, si conocemos la lengua a la que pertenece (…) Por el contrario, la imagen es pura y simple representación visual”. [3]  

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Para Sartori esta primacía de la imagen supone un “empobrecimiento de la capacidad de entender”. Por el contrario, Vicente Verdú opina que “una institución docente que sólo estima verdaderamente a quien lee, y desprecia a quien ve la tele o se entretiene con los video-juegos no puede pervivir en esta época”. Lo cierto es que los alumnos están inmersos en la cultura de la imagen. Conviene aclarar que la imagen rara vez carece de texto o de lenguaje hablado. Sus canciones no carecen de letras, ni las películas o los cómics de diálogos, ni dejan de leer en Internet o escribir en el Messenger o a través de SMS. Ni cabe asegurar que la lectura de libros haya desaparecido radicalmente entre sus costumbres.  

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El dibujante Quino, autor de la célebre tira cómica de Mafalda, empatiza en esta viñeta con el ama de casa, que observa con frustración como su marido e hijos se enfrascan en ordenadores, periódicos, televisiones, ordenadores y móviles, convirtiendo la hipotética comunicación familiar en un ejercicio de autismo individual.  

¿La cultura del libro está acabada? 

¿Nos comunicamos “ahora” menos que “antes” en la familia? 

¿Sólo hay cultura en la lectura de libros? 


[1] Vicente Verdú, Tu y yo, objetos de lujo, Editorial Debate, Madrid, 2006.  

[2] Begoña gros (coord), Pantallas, juegos y educación, la alfabetización digital en la escuela. Editorial Desclée de Brouwer, 2004.  

[3] Giovanni sartori, Homo videns, la sociedad teledirigida, Taurus, Madrid, 1997.  

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Ago 01 2008

Vehículos de socialización y medios de comunicación

comparacion.jpg“En las sociedades urbanas avan­zadas existen cuatro agentes básicos: la familia, el centro de en­señanza, el grupo de pares y los medios de comunicación de masas”[1].

Un hecho esclarecedor, como es el que los propios jóvenes atribuyen a estos medios una importancia en su socialización superior incluso, a la de las instituciones que, como los centros educativos, han tenido tradicionalmente un papel central en los procesos socializadores”.[2]

“Guste o no a los modernos, los conceptos de la Ilustración se han revenido y en su lugar crece no necesariamente alfalfa. Por otro lado, si, como es patente, el mundo ha cambiado mucho, ¿a qué empeñarse en seguir todo el curso con lo inexistente? Los planes de estudio pierden cada año, cada mes, cada día, tiempo y oportunidades para actualizarse. Los alumnos se aburren, fracasan o descreen de la universidad, y una cuarta parte de los universita­rios entre los veinte y los veinticuatro años abandonan. Con so­brada razón: su educación está teniendo lugar fuera de las clases, ante las mil pantallas, en sus dormitorios o en los cibercafés”.[3]

La escuela ha perdido el lugar preeminente que tenía como vehículo de socialización. ¿Ha sucedido en todas la culturas? Es probable que no. Lo cierto es que en la nuestra existe la tendencia a que los valores de la escuela no sean compartidos por buena parte de los alumnos, ni de los adultos, ni de los mensajes enviados por los medios de comunicación o por los héroes de la música.

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La viñeta de Miguel Brieva, publicada en el semanario satírico El Jueves, ilustra con claridad como en un “mundo al revés” la televisión se convierte en educador y sus valores (“compra”, “nuevo”, “tu a tu bola”, “ser el mejor”) en los contrarios a los que debería transmitir el maestro. Mientras que los alumnos, obligados por esa televisión-educadora, se “resisten” esforzándose por aprender y memorizar a escondidas.

No queremos transmitir la idea de que, en nuestra sociedad, la escuela y los medios de comunicación son antagonistas que entablan una pelea si cuartel, pero es cierto que buena parte del repertorio de valores de la educación (esfuerzo, dilación de la recompensa, integración, etc.) no tiene buena prensa ni son compartidos “fuera” del recinto escolar por el resto de la sociedad. La transmisión de determinadas líricas narrativas, o estereotipos en los medios de comunicación, no ayuda precisamente a consolidar la congruencia entre lo que se le dice al alumno que tiene que interiorizar y lo que este vive en su universo “real” o “de ficción”.


[1] Musgrave, P.W. (1983), Sociología de la educación. Herder, Barcelona, 1983.

[2] VVAA, Los jóvenes y la publicidad, Injuve, Madrid, 2004.

[3] Vicente Verdú, Tu y yo, objetos de lujo, Editorial Debate, Madrid, 2006.

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