Si los libros están identificados con una cultura de elite y, por tanto, sospechosa, los cómics se caracterizan por lo contrario. Leer es síntoma de incultura. Aunque no sólo de eso. El lector de cómics es un individuo escapista, inadaptado, inmaduro. El alumno bien parecido y popular de las series americanas no necesita el cómic, el rol o el ordenador para tener una vida plena. Es el inadaptado el que debe recurrir al universo de la ficción para adolescentes dónde liberarse gracias a fábulas escapistas.
Si los libros están identificados con una cultura de elite y, por tanto, sospechosa, los cómics se caracterizan por lo contrario. Leer es síntoma de incultura. Aunque no sólo de eso. El lector de cómics es un individuo escapista, inadaptado, inmaduro. El alumno bien parecido y popular de las series americanas no necesita el cómic, el rol o el ordenador para tener una vida plena. Es el inadaptado el que debe recurrir al universo de la ficción para adolescentes dónde liberarse gracias a fábulas escapistas.
Así, mientras en el mundo de los “populares” priman las diversiones relacionadas con los rituales de madurez (sexo, alcohol, etc), en el mundo de los frikis se amontonan las narrativas escapistas entre las que el cómic tiene un papel predominante.
Lo que sucede a continuación es algo muy común en el cine para adolescentes, la ficción se convierte en realidad y los papeles se invierten: el friki escapista deviene en héroe y el héroe atlético se convierte en personaje secundario y prescindible. Esto es lo que sucede en la serie Héroes. El personaje de Hiro Nakamura, que sabe leer el futuro en los cómics dibujados por Isaac Méndez, deja de ser un patito feo y se convierte en samurai legendario.
La película de Tod Browning, Freaks, de 1932, es en buena parte culpable del cliché narrativo de la revancha de los impopulares que predomina en la ficción para adolescentes y de la popularización del término friki.
Algunas campañas de la multinacional americana ofrecen una visión negativa de los padres. Son padres que no conceden descanso a los hijos, los atosigan con reglas, con actividades extraescolares y sólo se oyen a sí mismos. "Acaso nacimos con cubiertos en las manos". Por eso, los establecimientos de la cadena ofrecen un espacio de "libertad", dónde el niño podrá ser el protagonista -"Aquí tú eres el King"- y no el objeto de las frustraciones de los padres.
Los que hemos crecido viendo en un televisor en blanco y negro de dos canales una serie como La casa de la pradera podemos sentir algo parecido al vértigo al compararla con el mundo actual.
Los fenómenos psicológicos de “identificación” y “proyección” hacen el resto. El paria se identifica con el héroe y proyecta sus cualidades y sus vivencias en una trama en la que el oprimido se convierte en héroe, el patito feo en cisne. La hormiga laboriosa es cosa del pasado. Ahora, la cigarra reina.
"Si de verdad le preocupa la educación, eche un vistazo a este instituto: en el aula 218 tenemos un profesor de anatomía que vive con su madre y nunca ha visto un cuerpo desnudo, incluido el suyo; en el aula 224 tenemos a un profesor de geografía universal que en su vida ha puesto los píes fuera de esta ciudad".
No sólo las series americanas se nutren de violencia. Los grandes pintores, escultores, escritores de todas las épocas han utilizado la violencia. El marketing de la violencia ha pretendido siempre atraer fieles a las iglesias, espectadores a la platea, teleadictos a las pantallas.
Los invisibles
Una vez me pasé un día entero en el instituto sin que una sóla persona me mirase o hablase. Y me di cuenta de que era el mejor día que había tenido en mucho tiempo. El día en que nadie se fijó en mí. El día en que dejé de existir. Síndrome de invisibilidad