Todas las escuelas están habilitadas con rejas que son la alegoría de la imposición de la que hablábamos. Sirven para delimitar el espacio, para proteger el recinto del exterior, pero sobre todo, para proteger al exterior de los alumnos, cuyo espacio y tiempo queda limitado para permitir la vida en el exterior: los adultos trabajan, el comercio y el tráfico se intensifican, la sociedad produce libre de las obstrucciones de los niños y jóvenes.
George Gusdorf aboga por el lujo, en las universidades y también en las escuelas primarias e institutos. Censura que sean “habitaciones baratas” y habla de la necesidad del lujo en las instituciones.
“Sólo que ese lujo no es despilfarro (…) es un lujo, no ya individual sino comunitario (…) El marco de la vida tiene también un valor pedagógico; un marco mediocre contribuye con todo el peso de su inercia al rebajamiento general de los espíritus”.[1]
Vitorino Andreoli escribe en Carta a un profesor:
“Al imaginar la escuela como mi interlocutor, veía ante mis ojos los edificios escolares: ruinosos sin el más mínimo atractivo, en una época en que las viviendas son estudiadas en la forma de las arquitecturas y el diseño de vanguardia”.
Inger Enkvist, asegura en Repensar la educación que “el edificio escolar es una imagen visual del plan de estudio (…). Muchos colegios ofrecen una imagen degradada. Las pintadas que cubren los muros trasmiten la idea de una sociedad que ha perdido el control“. Esa ausencia de control, puede verse en las películas de alumnos conflictivos. Escenarios llenos de pintadas, detectores de metales, etc. El caso más extremo es curso de 1999, que narra un hipotético futuro donde es evidente que la sociedad ha perdido el control y el instituto en una cárcel.
Pero no hace falta ir tan lejos. El ejemplar profesor de Hoy empieza todo se enfrenta al destrozo que han provocados los propios alumnos en el colegio público en el que da clases. Los alumnos no respetan su mobiliario. Aunque esta máxima cultural no parece universal. Hay culturas en las que sí lo respetan, en las que no parece existir contracultura escolar. El periodista Carlos Manuel Sanchez describe un instituto -real- finlandés. “En la entrada no se ve a decenas de estudiantes apurando el primer pitillo de la mañana, como en los institutos españoles. Ni una colilla ni una hoja ni pintada (…) En el interior, la limpieza resalta más. No hay garabatos en los pupitres ni en los aseos”. Cabe conjeturar que el deterioro de los colegios públicos no es universal, el deterioro no se relaciona tanto de una característica de la adolescencia como de la cultura asociada a cada país.
La película de Tod Browning, Freaks, de 1932, es en buena parte culpable del cliché narrativo de la revancha de los impopulares que predomina en la ficción para adolescentes y de la popularización del término friki.
Algunas campañas de la multinacional americana ofrecen una visión negativa de los padres. Son padres que no conceden descanso a los hijos, los atosigan con reglas, con actividades extraescolares y sólo se oyen a sí mismos. "Acaso nacimos con cubiertos en las manos". Por eso, los establecimientos de la cadena ofrecen un espacio de "libertad", dónde el niño podrá ser el protagonista -"Aquí tú eres el King"- y no el objeto de las frustraciones de los padres.
Los que hemos crecido viendo en un televisor en blanco y negro de dos canales una serie como La casa de la pradera podemos sentir algo parecido al vértigo al compararla con el mundo actual.
Los fenómenos psicológicos de “identificación” y “proyección” hacen el resto. El paria se identifica con el héroe y proyecta sus cualidades y sus vivencias en una trama en la que el oprimido se convierte en héroe, el patito feo en cisne. La hormiga laboriosa es cosa del pasado. Ahora, la cigarra reina.
"Si de verdad le preocupa la educación, eche un vistazo a este instituto: en el aula 218 tenemos un profesor de anatomía que vive con su madre y nunca ha visto un cuerpo desnudo, incluido el suyo; en el aula 224 tenemos a un profesor de geografía universal que en su vida ha puesto los píes fuera de esta ciudad".
No sólo las series americanas se nutren de violencia. Los grandes pintores, escultores, escritores de todas las épocas han utilizado la violencia. El marketing de la violencia ha pretendido siempre atraer fieles a las iglesias, espectadores a la platea, teleadictos a las pantallas.
Los invisibles
Una vez me pasé un día entero en el instituto sin que una sóla persona me mirase o hablase. Y me di cuenta de que era el mejor día que había tenido en mucho tiempo. El día en que nadie se fijó en mí. El día en que dejé de existir. Síndrome de invisibilidad