“Hoy no se aprende mediante largos discursos sino por instantáneas que el cerebro se encargará de asociar. El saber -debe saberse- ha dejado de basarse en un ejercicio esforzado o premioso para nutrirse de partículas cazadas a gran velocidad, sea en el viaje lejano o en los panoramas de las ciudades, las pantallas de los grandes edificios, los Xbox 360. Ser sabio equivale hoy a contar con un amplio punto de vista a partir del cual se dirime y se elige el bien sobre un plano, fotografiándolo”.[1]
“Si bien la imprenta e incluso los mass media se han basado en una estructura fundamentalmente lingüística, en las tecnologías de la información y la comunicación: ya no hay un predominio de la escritura sino de lo visual y, por ello, empiezan a apreciarse cambios significativos en los modos de aprendizaje de los alumnos”.[2]
“La diferencias es radical. La palabra es un “símbolo” que se resuelve en lo que significa, en lo que nos hace entender. Y entendemos la palabra sólo si podemos, es decir, si conocemos la lengua a la que pertenece (…) Por el contrario, la imagen es pura y simple representación visual”. [3]
Para Sartori esta primacía de la imagen supone un “empobrecimiento de la capacidad de entender”. Por el contrario, Vicente Verdú opina que “una institución docente que sólo estima verdaderamente a quien lee, y desprecia a quien ve la tele o se entretiene con los video-juegos no puede pervivir en esta época”. Lo cierto es que los alumnos están inmersos en la cultura de la imagen. Conviene aclarar que la imagen rara vez carece de texto o de lenguaje hablado. Sus canciones no carecen de letras, ni las películas o los cómics de diálogos, ni dejan de leer en Internet o escribir en el Messenger o a través de SMS. Ni cabe asegurar que la lectura de libros haya desaparecido radicalmente entre sus costumbres.
El dibujante Quino, autor de la célebre tira cómica de Mafalda, empatiza en esta viñeta con el ama de casa, que observa con frustración como su marido e hijos se enfrascan en ordenadores, periódicos, televisiones, ordenadores y móviles, convirtiendo la hipotética comunicación familiar en un ejercicio de autismo individual.
¿La cultura del libro está acabada?
¿Nos comunicamos “ahora” menos que “antes” en la familia?
¿Sólo hay cultura en la lectura de libros?
[1] Vicente Verdú, Tu y yo, objetos de lujo, Editorial Debate, Madrid, 2006.
[2] Begoña gros (coord), Pantallas, juegos y educación, la alfabetización digital en la escuela. Editorial Desclée de Brouwer, 2004.
[3] Giovanni sartori, Homo videns, la sociedad teledirigida, Taurus, Madrid, 1997.