Ene 13 2009
El reconocimiento o su carencia
“En Estados Unidos se admira y premia a los médicos, a los abogados, a los generales, a los actores, a la gente de televisión y a los políticos. No a los profesores. La enseñanza es la fregona de las profesiones”.[1]
El profesor Holland, John Keating, la profesora Watson, Mr Chips, la mayor parte de los protagonistas de las películas sobre la docencia, disfrutan de una emotiva secuencia en la que los alumnos rinden un sentido homenaje al profesor. Generalmente después de que el sistema haya dictado sentencia contra los métodos de enseñanza innovadores del profesor. En ese momento los alumnos se levantan de las sillas, se suben a las mesas, corren detrás del profesor, le cantan, etc. ¿Por qué esta necesidad de reconocimiento?

Machuca
David Rabada redacta, en ¿Educar? Educamos todos, trece mandamientos. El primero insta a reconocer al profesor su magisterio: “Si todavía existe alguno de sus profesores en activo que admiró, vaya y dígaselo, alimentará de pilas sus clases y otros alumnos recibirán ese empuje. Si está retirado vaya igualmente.”. La docencia es una profesión en la que el fruto del trabajo se deposita en otras personas. Es un producto difícilmente mensurable. Mientras la mayor parte de la gente construye productos como casas, objetos, libros, puentes, que se pueden valorar con comodidad, el profesor no puede adjudicarse los valores, los conocimientos o las capacidades de sus alumnos como si fueran obra suya. La docencia “no tiene el prestigio de otras profesiones. Quizá ello se deba a la falta de tradición histórica; pero también se implican otras cuestiones derivadas de la peculiariedad de la profesión docente, y que podrían sintetizarse en la falta de resultados inmediatos que conlleva la tarea de enseñar”[2].Como dice Altarejos, la profesión no genera resultados inmediatos. Ni siquiera resultados visibles. Por eso, el reconocimiento supone para el profesor sacar del limbo de la abstracción todo el ejercicio de su trabajo.
En el reconocimiento social el trabajo del profesor se materializa. Elcine ha sabido reflejar esa necesidad del profesor de “justificar” su vida en el reconocimiento de la mirada de los demás.

El club de los poetas muertos. Los alumnos se suben a las mesas.
El reconocimiento que los alumnos le tributan al profesor Uchida en Madadayo le eleva casi a la santidad. Los alumnos deciden festejar al profesor cada año con una ceremonia Mahda-kai, en la que le preguntan si está listo para morir. Y él responde “Aún, no (Madadayo)”. La última ceremonia Mahdakai, la que previsiblemente antecede a su muerte, es todo un testamento generacional del profesor Uchida y del propio Kurosawa. Las hijas y las nietas de sus alumnos, presentes en una celebración que hasta ese momento era exclusivamente masculina, le agasajan con regalos y dulces en una ceremonia de reconocimiento intergeneracional. En esta última fiesta Mahdakai el mensaje del director se hace explícito:

-Buscad algo en la vida que seáis capaces de valorar, y cuando lo encontréis, trabajad y esforzaros por ello. Poned vuestras almas, porque ese será vuestro gran tesoro particular- declama el envejecido catedrático a las nietas de sus discípulos.
La lengua de las mariposas acaba con un terrible plano-contraplano de Don Gregorio camino del cadalso por su adhesión a la República y de Nacho arrojándole piedras, sometido a la barbarie que el profesor intentó combatir toda su vida. Infructuosamente. Es la constatación del fracaso más absoluto. La vida del profesor queda borrada al comprobar que su obra ha quedado inutilizada.

[1] Frank Mcourt, El profesor
[2] Francisco Altarejos, Ética docente
El viejo profesor prusiano que protagoniza El ángel azul, 1930, ya no existe. No obstante muchos de los valores asociados al profesor permanecen, aunque atenuados. Lo que ha desaparecido es su estatus social, la reverencia con la que le trataban en aquella vieja película, y que probablemente reflejase la realidad de aquel momento histórico. El profesor Inmanuel Rath debe ser ejemplar, honorable, templado, coherente. Reprende a sus alumnos por frecuentar el cabaret para agasajar a la cantante Lola-Lola . Poco a poco su pasión le hace perder su respetabilidad, el control de la clase, y su empleo. Un travelling de retroceso de Emil Jannings, solo en su aula vacía, marca el comienzo de su exilio social.
No en todas las culturas existen valores idénticos. En Madadayo, de Akira Kurosawa, en el desolado Japón de la ocupación aliada, el profesor conserva en medio de la indigencia su dignidad de profesor, antes de acudir a una de las ceremonias madakai con la que sus alumnos le profesan su reconocimiento constante. La disciplina, el respeto a las formas, tienen una presencia llamativa para un occidental de nuestra época. El profesor se esfuerza en conservar elementos simbólicos que le identifican como profesor porque, en caso contrario, sería desposeído de su autoridad y de la dignidad supuestamente asociada al ejercicio de la docencia. Por lo menos así lo ve él.
A diferencia de los alumnos japoneses del profesor Hyakken Uchida, de Madadayo, el profesor Thakeray, el profesor de Rebelión en las aulas, tiene alumnos que han perdido las normas de educación tradicionales. No respetan las normas de cortesía entre géneros tradicional, ni son aseados y correctos en el lenguaje. Se resisten a la institución de la enseñanza. Están bregados en la contracultura escolar. En cambio, el profesor vive en una aseada pobreza. Plancha su traje impoluto, y viste una bata mientras éste se seca. Los alumnos también saben que atentar contra el uniforme es agredir al profesor y despojarle de su rol. 
Ese cambio de escenario, del que habla Esteve es una constante en muchas películas del género. La película Escuela de jóvenes rebeldes, comienza describiendo un instituto, el Instituto Paterson, en el que se empiezan a aprobar los recortes presupuestarios de la educación a finales de los sesenta. 20 años después la situación se vuelve insostenible. Drogas, pintadas, deterioro, violencia, etc.







La hormiga laboriosa es cosa del pasado. Ahora, la cigarra reina. 