“En las sociedades urbanas avanzadas existen cuatro agentes básicos: la familia, el centro de enseñanza, el grupo de pares y los medios de comunicación de masas”[1].
“Un hecho esclarecedor, como es el que los propios jóvenes atribuyen a estos medios una importancia en su socialización superior incluso, a la de las instituciones que, como los centros educativos, han tenido tradicionalmente un papel central en los procesos socializadores”.[2]
“Guste o no a los modernos, los conceptos de la Ilustración se han revenido y en su lugar crece no necesariamente alfalfa. Por otro lado, si, como es patente, el mundo ha cambiado mucho, ¿a qué empeñarse en seguir todo el curso con lo inexistente? Los planes de estudio pierden cada año, cada mes, cada día, tiempo y oportunidades para actualizarse. Los alumnos se aburren, fracasan o descreen de la universidad, y una cuarta parte de los universitarios entre los veinte y los veinticuatro años abandonan. Con sobrada razón: su educación está teniendo lugar fuera de las clases, ante las mil pantallas, en sus dormitorios o en los cibercafés”.[3]
La escuela ha perdido el lugar preeminente que tenía como vehículo de socialización. ¿Ha sucedido en todas la culturas? Es probable que no. Lo cierto es que en la nuestra existe la tendencia a que los valores de la escuela no sean compartidos por buena parte de los alumnos, ni de los adultos, ni de los mensajes enviados por los medios de comunicación o por los héroes de la música.
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La viñeta de Miguel Brieva, publicada en el semanario satírico El Jueves, ilustra con claridad como en un “mundo al revés” la televisión se convierte en educador y sus valores (“compra”, “nuevo”, “tu a tu bola”, “ser el mejor”) en los contrarios a los que debería transmitir el maestro. Mientras que los alumnos, obligados por esa televisión-educadora, se “resisten” esforzándose por aprender y memorizar a escondidas.
No queremos transmitir la idea de que, en nuestra sociedad, la escuela y los medios de comunicación son antagonistas que entablan una pelea si cuartel, pero es cierto que buena parte del repertorio de valores de la educación (esfuerzo, dilación de la recompensa, integración, etc.) no tiene buena prensa ni son compartidos “fuera” del recinto escolar por el resto de la sociedad. La transmisión de determinadas líricas narrativas, o estereotipos en los medios de comunicación, no ayuda precisamente a consolidar la congruencia entre lo que se le dice al alumno que tiene que interiorizar y lo que este vive en su universo “real” o “de ficción”.
[1] Musgrave, P.W. (1983), Sociología de la educación. Herder, Barcelona, 1983.
[2] VVAA, Los jóvenes y la publicidad, Injuve, Madrid, 2004.
[3] Vicente Verdú, Tu y yo, objetos de lujo, Editorial Debate, Madrid, 2006.
